9 de noviembre de 2019

Monstruos


Se pueden adormecer, enjaular o anestesiar, pero los monstruos que atesoramos en el interior no mueren jamás. Todo ocurrió en la noche de nuestro octavo aniversario de boda. Adrián absorbía todo el tiempo y consumía cualquier expectativa más allá de trabajar, vestirlo, asearlo, llevarlo y traerlo de urgencias y comprobar cada diez minutos que dormía o que seguía con vida.
Calculo que por aquel entonces hacía unos cinco años que había encerrado a mi monstruo bajo llave. Lo tenía recluido en una prisión de máxima seguridad, alejado de tentaciones, frenesí y gasolina que pudiera despertarlo. Nunca protesté por ello y lo asumí con una resignación a la que decidí catalogar como madurez. De hecho, quien se empeñó en salir a celebrar el aniversario fuiste tú. Yo me conformaba con retozar en el sofá y zampar pizza viendo un documental sobre el apareamiento de las pelusas. Nunca nos habíamos separado del niño hasta aquella vez y llamamos a tu madre para que hiciera de niñera. Mientras terminabas de acicalarte, observaba el dibujo de Adrián que habíamos colgado en la nevera. En él, nuestro hijo me tildaba, con una caligrafía ininteligible, de ser inteligente. Bendita esa candidez infantil que les cobija de la oscura realidad.
Cenamos en uno de los gastrobares de moda que te habían recomendado en clase taichí o en la de mindfulness. Era un local moderno, decorado con sumo gusto, de amplias cristaleras, luces tenues y camareros de imponentes tatuajes con doctorados en Oxford y Cambridge. Aun así, un torrezno en la taberna de la esquina resultaba un manjar comparado con los platos de nombre rimbombante que probamos. Nuestra conversación giraba en torno a Adrián hasta que las burbujas del vino espumoso comenzaron a hacer un efecto que tenía olvidado. Entonces, en un fugaz descuido de su carcelero, el monstruo que habita en mí despertó y encontró la puerta de su jaula medio entornada. Éste salió impulsado por el olor a alcohol y se lanzó a buscar su amargo sabor.
Confieso que hacía tiempo que no te encontraba tan apetecible. Sonreías de forma sugerente, te acercabas y rozabas mis piernas levantando mis instintos más salvajes. Deseé volver a casa para recordar cómo se hacía uso del matrimonio y ver amanecer entre gemidos y relinchos. Sin embargo, preferiste pasear por las calles de la ciudad cogidos de la mano. Nos detuvimos para besarnos en los portales y chocar contra los postes de la luz como si fuéramos dos lobos hambrientos. Al pasar por la puerta de un club nocturno, me invitaste a entrar. Sabías que no era ningún prodigio del movimiento corporal, pero que con unas copas podría suplir mi falta de ritmo y coordinación con la gracia de un chimpancé en carnavales. Bailamos un tango pegado con una cadencia tan acelerada que saltamos de la elegancia de Gardel a una bachata obscena. Por un momento temí que el ritmo de la pelvis pudiera dejarte encinta. Mientras tanto, el monstruo no sólo revoloteaba desafiante y exigía bañarse con más gasolina, sino que ya se había adueñado de mí buscando una mecha.
De repente, una mujer de edad madura apareció de entre la muchedumbre y me invitó a bailar. Comentaban que se hacía llamar La Marquesa, debido a que decía que era pariente lejana de un noble. Lucía un vestido de bordados que nada dejaba a la imaginación. Su principal obsesión era ser por siempre joven. Algunos decían que su secreto era morder a un muchacho y beber de su sangre. Otros que se inyectaba lágrimas de estornino. Los más realistas que vivía anestesiada por las anfetaminas. En medio de la pista, La Marquesa no se frotaba contra un padre de familia que celebraba su aniversario de casado, lo hacía contra el cuerpo de un animal salvaje que no podía ser domado. No sé cuánto tiempo pasó, ni cuántas canciones bailamos. Tampoco recuerdo si aún estabas allí, si me buscaste o te fuiste ante semejante espectáculo. A partir de esos momentos todos mis recuerdos son difusos. Tengo la sensación de que el monstruo me manejaba como a un títere.
A la mañana siguiente, desperté sobre la arena de la playa. Un grupo de amables ingleses me pinchaban con un palo apremiándome a dejarles hueco para que pusieran su toalla. No había rastro del monstruo. En la jaula dejó una nota que firmaba como El Marqués.

Sé que tarde o temprano regresará arrastrado pidiendo perdón. Él no es nada sin mí. Cuando vuelva lo encerraré y me juraré que será para siempre hasta que volvamos a oler gasolina. Entre tanto, después de este razonado, arrepentido y creíble alegato, ¿podría volver a casa como si nada de esto hubiera sucedido?


2 comentarios:

  1. Me ha encantado no. Lo siguiente... Tu pasión por las pelusas, ha despertado tanto interés en mi que boy a documentarme de du evolución dobre todo en cuanto a apareamiento. Es un relato divertido, con una prosa ágil que te envuelve desde el principio. Uno de los mejores que té he leído. Envialo a la revista, seguro que te lo publican 🌹🌹🌹

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  2. Ah! por cierto eso... de volver a casa como di nada hubiese pasado me lo pensaría... La nota firmada con el apelativo Marqués es buenísimo!!!

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