12 de septiembre de 2018

Cuba No Es Fácil


Llegué a Cuba en busca de lo desconocido, ansioso por dejarme atrapar por su incertidumbre perenne y su virginidad natural. Después de veinte días, he vuelto cargado de experiencias paradójicas, piezas de un puzle incompleto que no tienen la más mínima preocupación por encajar entre sí. Conforman estas un paisaje salvaje a la par que difuminado del cual he desistido comprender. Ni tan siquiera el guajiro más sabio se atreve a otra cosa que no sea maravillarse con este milagro hecho isla.


Nada más aterrizar en el aeropuerto, mis preocupaciones, centradas en encontrar una red WIFI, fueron mutiladas por la logística local. Mientras desistía en conectarme, me fui familiarizando con uno de los principales deportes nacionales: hacer cola. El ritmo que rige cualquier procedimiento es el de la más absoluta tranquilidad. El estrés había sido abolido años atrás y la paciencia se antojaba como un recurso tan indispensable como el agua para sobrevivir. Tras casi una hora de espera para pasar un nimio control de inmigración, nos adentramos en el repentino ardor de la terminal. Allí se desarrollaba la caza indiscriminada del turista, una disciplina que en caso de ser olímpica ascendería a Cuba a los primeros escalones del medallero. Transportes hacia cielo e infierno, cambios de divisa exprés, alojamientos en castillos coloniales y hasta los mismísimos habanos que fumaba Fidel eran ofrecidos sin cuartel a todo foráneo, como si estos formáramos parte de un pelotón de fusilamiento. Paulatinamente, iría dando cuenta de la genuina habilidad cubana para detectar primos, desorientados e incautos turistas en cuestión de milésimas de segundo. Afortunadamente, la figura de nuestro compañero Yuri emergió entre la marabunta para rescatarnos de la confusión y rápidamente nos condujo hasta su carro para poner rumbo a La Habana.
El sol pretendía atravesar la piel y la brisa era un abrazo de fuego, la deshidratación y las quemaduras aguardaban en silencio su momento. Desde la ventanilla de un Jetta de los primeros noventa, pude vislumbrar que Cuba era un país muy diferente al nuestro. La periferia se asentaba entre casas bajas pobladas por la humildad y el abandono acentuado por el paso del tiempo; un grupo de muchachos descalzos urdía un plan para conquistar los frutos de un cocotero de varios metros de alto; y un sinfín de cables eléctricos se enmarañaban bajo el cielo. Una postal que se repetía sistemáticamente llamaba poderosamente mi atención: grandes masas de personas se concentraban y se disipaban de forma espontánea a lo largo de las calles. Algunos esperaban a los autobuses abarrotados o se afanaban en la lucha por encontrar un taxi colectivo, otros se buscaban la vida y el resto aguardaba a que la vida los encontrara a ellos.

Mientras tanto, el profesor Yuri y su mujer Zulema nos impartían las primeras lecciones sobre Cuba para principiantes. Palpaba el paternalismo del trato que habitualmente se otorga al extranjero ante la diversidad de costumbres y los contratiempos que pueden marcar el día a día, pero a la vez su cercanía y calidez. “Tomen agua embotellada, tengan cuidado con los carros en los que se monten, vayan a restaurantes donde haya gente, absténganse de tener problemas con la policía y, ante todo, disfruten”. Desde el primer momento tuve la sensación de ocupar el hueco de su hijo, nuestro vínculo, un gran amigo emigrado al viejo continente. Durante aquel trayecto escuchamos por primera vez dos expresiones que nos acompañarían durante el resto de la expedición: “resolver” y “no es fácil”.
Después de hacer una breve parada en el que sería nuestro pequeño hogar, una habitación de una casa compartida de las afueras, nos dirigimos a resolver la cuestión del transporte. Nuestro objetivo, recorrer toda la isla a través de medios públicos, era catalogado por los propios como una proeza que no es fácil. Mi prepotencia occidental me llevó a tomar a la ligera dichas consideraciones hasta que llegamos a las oficinas de la empresa de autobuses para extranjeros, Viazul, y nos dimos de bruces con la cruda realidad. En las taquillas se encontraban dos empleadas de las que, por motivos aparentemente desconocidos, sólo una atendía y la otra estaba en un impasible estado de hibernación ante la paciente cola de clientes. Este tipo de actitudes no eran excepcionales y, tal vez fruto de una caprichosa casualidad, las revivimos en oficinas de cambio de divisa, telecomunicaciones, bancos y supermercados, casualmente propiedades del Estado. Una vez comprobado que los billetes que pretendíamos sacar estaban agotados, o que quizá no habíamos puesto el ahínco suficiente para ser dignos de ellos, un grupo de desconocidos se abalanzó sobre nosotros antes de abandonar la oficina. En cuestión de minutos un intermediario del gremio del transporte, que actuaba como si la noche anterior hubiéramos sido compañeros de parranda, se había comprometido a ponernos un flamante carro en la puerta de casa que nos llevaría a donde hiciera falta por un módico precio. Aunque sólo existe un puñado de empresas pertenecientes al Estado, los llamados cuentapropistas tejen redes invisibles para cooperar entre sí y coordinar cualquier servicio imaginable como si se tratara de la más solvente empresa privada, con una especial capacidad por maximizar beneficios dentro del sector turístico. Nuestros cicerones no parecían muy convencidos del acuerdo obtenido y, a pesar de nuestras insistencias en no robarles más tiempo, se lanzaron en busca de una tercera vía. Acto seguido y por pura casualidad dimos con una agencia que parecía cerrada, pero que gracias a la insistencia cariñosa de Zulema, aderezada por unos cuantos “mi amor”, “mi vida  y “mi corazón”, unas idas y venidas y una inversión no banal de tiempo, proveyó los ansiados billetes de autobús. Prácticamente se había esfumado nuestra primera tarde, no había rastro de La Habana Vieja o El Malecón, pero habíamos asistido a una clase magistral sobre cómo se resuelve en Cuba. También habíamos adquirido ciertas nociones sobre la concepción del tiempo, las cuales agradeceríamos en nuestros sucesivos pasos.

La siguiente parada era el idílico pueblo de Viñales, rodeado de su homónimo valle, plantaciones de café robusto y de suave tabaco. En dicho enclave compartían espacio extranjeros, huidos del trillado recorrido de resorts, mojitos y playas con la esperanza de hallar posos de autenticidad guajira, y lugareños que habían hecho de servir al extraño su particular modo de vida. Si en algún momento pude complacerme sobre la originalidad de nuestro programa, fue un mero espejismo. En Viñales comprobé que todos los turistas que nos creíamos alternativos seguíamos exactamente el mismo recorrido embelesados por los mismos atractivos. Parecíamos todos cortados por el mismo patrón, equipados con el mismo repelente de mosquitos, protector solar, gafas polarizadas, sombrero caribeño o boina revolucionaria, según la afinidad, y la indispensable guía Lonely Planet, en una nueva prueba del innegable proceso de homogeneización del humano.
Al llegar a Viñales, nuestro anfitrión local, Edel, vino a rescatarnos de las garras de los cazadores, quienes se abalanzaban sobre sus presas antes incluso de haber salido del autobús. Entre aquel tumulto sobresalía un cartel que rezaba mi nombre sostenido tímidamente por Edel. Tal era la humildad del letrero y la sencillez de sus trazos irregulares que por un instante consiguió enternecerme. A unos minutos a pie se situaba la sencilla casa que compartiríamos por unos días con Edel, su mujer, su hija pequeña y sus padres. No es atípica esta composición del hogar, teniendo en cuenta que la economía socialista no contempla ampliar el parque inmobiliario, ya sea por motivos ideológicos, logísticos o una mezcla de ambos. Tampoco el poder adquisitivo de un cubano medio permite plantearse una posible emancipación, más aún cuando el sistema utiliza su maquinaria legislativa y económica para promover la agrupación familiar. Para mi sorpresa, esta situación no suponía mayor contrariedad para nuestros anfitriones, quienes defendían a capa y espada la idea de permanecer unidos aunque chocaran unos con otros por los pasillos. Aunque no me atreví a deslizarlo en la conversación, no pude evitar imaginar la incomodidad de mantener relaciones sexuales con tus progenitores al otro lado de una pared que no dividía el techo. Sin dudar de sus convicciones, estoy seguro de que sucumbirían si pudieran probar el elixir de la intimidad.
Entre paseos a caballo por el valle bajo un sol infatigable, visitas a plantaciones de tabaco y su correspondiente cata bajo la atenta mirada de sus productores y el retrato omnipresente del Che Guevara, degustaciones de guayabita del pinar, nuestro apetito se fue abriendo paso ferozmente. Soy de las personas que opina que la mejor manera de profundizar en la cultura de un lugar desconocido es atiborrarse de su gastronomía. Por recomendación de nuestro anfitrión, fuimos a parar a un rancho de comida tradicional que satisfacía la hipótesis de estar repleto. No en vano, la mayoría de comensales había sido igual de bien aconsejados que nosotros, lo que muestra que las redes de pequeños negocios se entrelazan entre distintos sectores, constituyendo en realidad un único tejido empresarial, invisible, pero controlado, a los ojos del Estado. Paradójicamente, una de las características de la cocina cubana es la abundancia de sus platos. Por el contrario esta no se prodiga en variedad. Aquella primera comida basada en distintos tipos de arroces, frijoles, sabrosas verduras, viandas fritas y carnes de puerco y pollo se sucedería un día tras otro. Así es también la rigurosa dieta que siguen los cubanos, que muy ocasionalmente tienen la oportunidad de visitar estos restaurantes y paladares, siendo el consumo de carne más espaciado. En el menú del resto de la expedición habría contadas incursiones del cordero, tamales, camarones, langosta, cangrejo, huevos y deliciosas frutas. Mientras dábamos cuenta del festín, discutíamos sobre el potente sabor de los alimentos y su posible relación con la escasez de artificios en los procesos de producción. La gastronomía cubana podía resultar un tanto homogénea, sin embargo la batalla por el sabor y la alimentación saludable estaba ganada.
Una de aquellas mañanas, me levanté antes que mi compañera y puse rumbo a la plaza para cumplir con el rito de conectarme, y así comunicar a mis allegados que todavía no me había comido ningún cocodrilo, pavonearme de mis trepidantes aventuras por redes sociales y leer las declaraciones elocuentes de algún líder político desde un chiringuito casposo de Torremolinos. En las ciudades era frecuente encontrar pequeñas aglomeraciones de personas pegadas a sus pantallas en plazas, parques, oficinas de ETECSA –la empresa de telecomunicaciones–, hoteles y restaurantes, únicos lugares provistos de red WIFI, previa compra de bonos de horas de conexión. De camino me encontré con Edel, quien se dirigía a cumplir sus deberes tributarios y a hacer la compra. Vista la buena sintonía que habíamos logrado, decidí inquirirle sobre su persona para comprender mejor aquella sociedad. Nuestro anfitrión era en realidad doctor en ingeniería agrícola, especializado en el café y conocedor de varios idiomas. En cierto momento de lucidez pasado, Edel tomó la decisión de abandonar la precariedad académica para dedicarse al alquiler vacacional, consiguiendo unas condiciones y un sueldo superior al que podía recibir un funcionario de alto rango. En su empeño había conseguido arrastrar a toda la familia, la cual se dedicaba por completo al negocio, y lejos de lamentarse, se mostraba orgullosa de haber construido una vida digna y tranquila. Aún más, hablaban con fervor sobre los paulatinos cambios que el régimen quería implantar en la isla, con un nuevo proyecto de Constitución que en aquel momento se estaba discutiendo en barrios, centros de trabajo o universidades. Y así, con una dosis de emoción que te anudaba la garganta, nos despedimos de Edel y los suyos, con el recuerdo grabado a fuego de su ejemplo de humildad y sencillez.

Debido al colapso de la empresa de autobús, los colectivos se convirtieron en nuestro principal soporte para proseguir la expedición. En aquellos interminables viajes por autopistas y carreteras de calzada irregular, repletas de baches y hoyos de varios centímetros, por las que compartían espacio coches en estado de descomposición, camiones de transporte humano, vehículos agrícolas, carros de caballos, sidecars, bicicletas y autoestopistas por doquier, tuve la ocasión de disfrutar de impagables conversaciones con los conductores. Algunos de ellos eran titulados en ciencias experimentales o ingeniería, otros habían desempeñado la profesión de médico tiempo atrás, habiendo encontrado en un automóvil destartalado una fuente de prosperidad. Si sus colegas occidentales no solían distinguirse por su simpatía, ni por sus dotes de oratoria, sus homólogos cubanos podían ofrecer lecciones magistrales sobre enfermedades autoinmunes, discutir encarnizadamente sobre la teoría de la relatividad, asentar cátedra en macroeconomía o esbozar nuevas teorías sobre psicología evolutiva. La pirámide social, con los profesionales en el escalafón más bajo, estaba totalmente invertida. Conforme teníamos más piezas del puzle, el cuadro que se intuía era menos fácil de entender.
Uno de los representantes más claros de esa inversión era Israel, el chófer que consiguió encandilarme. Natural de la ciudad de Cienfuegos, edad madura, buena presencia, sincero, directo y con las prioridades bien claras. En nuestro primer encuentro, la inevitable fase del regateo, me obligó a tensar tanto la cuerda que temí que en alguno de los diferentes viajes que habíamos acordado me abandonara en medio de la carretera. Israel trataba en todo momento de granjearse mi confianza, cercano e infinitamente servicial, siempre y cuando no le perturbara sus intereses personales y su propensión a ser dueño de la situación. No hizo falta tirarle de la lengua para que en nuestro primer viaje nos narrara con todo lujo de detalles una biografía digna de una superproducción de Hollywood. Entre sus principales hitos se encontraba su facilidad para recibir herencias, la atracción a inversores extranjeros, conseguir piezas de recambio de hasta debajo de las piedras y transformar antiguallas en coches modernos. “De lo que te digan no te creas nada y de lo que veas créete la mitad”, me advertía. Vencido el sentido del pudor inicial, comenzó a alardear de un arte para la seducción que su mujer, aseguraba, no podía imaginar. Reconozco que ese detalle fanfarrón me puso en guardia, ya que al más mínimo descuido podría engrosar su lista de corazones partidos.
Sin embargo, lo que más me impactó fue su amor por el dinero, ilustrado por un símbolo del dólar que brillaba en la guantera, y la admiración hacia el sistema capitalista, pensamiento difícilmente adquirido en la isla. Con ciertas licencias literarias, narraba trepidantes historias de compatriotas que habían llegado a las costas de Miami en balsa y que en pocos años habían amasado ingentes fortunas. Estos precedentes le invitaban a fantasear con castillos equipados con jardín, jacuzzi, gimnasio, mayordomos, descapotables en los que tomar champán con sus amantes y un porvenir para su hija que le permitiera optar a senadora demócrata o a Miss Florida. “Hermano, el cubano está acostumbrado a buscarse la vida. Sobrevivirá por lo legal, por la derecha o por la izquierda”, repetía. A pesar del lugar privilegiado que ocupaba en la pirámide, se quejaba amargamente de la falta de oportunidades, la escasez de recursos y la represión que sufría su país. Echando unas rápidas cuentas, verificadas por su vanidad, allí disponía de un sustento que podía multiplicar por treinta el de un médico, algo impensable en sus amados EEUU. “Amigo, Cuba no es fácil de entender, ni para nosotros los cubanos”, sentenciaba.
En los siguientes días pudimos disfrutar de algunas de las maravillas naturales asentadas en la zona central de la Isla. Desde los impresionantes corales que colman la costa de Bahía de Cochinos hasta las montañas impenetrables de Topes de Collantes, tomar baños en pozas cristalinas regadas por cascadas de cientos de metros o congratularnos con su salvaje flora y fauna. La escasez de industrialización y la defensa del territorio natural se traducían en la virginidad descarnada de los parajes tropicales. En las horas centrales, cuando el sol se empezaba a ocultar bajo la amenaza de tormentas capaces de anegar la ciudad en un abrir y cerrar de ojos, aprovechábamos para resolver nuestras disputas logísticas. Fue en Trinidad cuando la frase “en Cuba se hace todo por la izquierda”, pronunciada por nuestro extinto chófer, cobró todo sentido. El plan de llegar hasta las provincias orientales era sistemáticamente torpedeado por la falta de recursos y el colapso estival. Todo indicaba que deberíamos resignarnos a dar media vuelta hasta que conocimos a Agustín Fando, el único empleado de una agencia de transporte situada en medio de la nada. A diferencia de otros funcionarios, a primera vista Fando parecía caracterizarse por su entrega al trabajo, el respeto a su jornada laboral, tomar en consideración las sugerencias del cliente y, lo más apreciado, su capacidad resolutiva. Una vez comprendido nuestro plan, hizo las consultas y las llamadas pertinentes hasta poner en nuestras manos los correspondientes billetes de autobús y un taxi que calificaría como una conexión inevitable. Todo ello por una suma razonable y con la firme promesa de que si teníamos cualquier incidente no dudáramos en llamarlo a cualquier hora. Los incidentes no se hicieron de rogar: nuestra conexión había sido gestionada por la izquierda, ajena a la agencia, sin mayor garantía que la palabra de su empleado, quien había actuado como un intermediario y al que nuestra transacción le había reportado una suculenta comisión. No sólo aquellos funcionarios que aprovechaban la candidez de los turistas hacían negocios paralelos, sino que otros directamente metían la mano en la caja o robaban los bienes que debían custodiar. Los quebraderos de cabeza derivados del desastroso negocio no cesaron. El éxtasis se produjo cuando esperamos a un autobús que nunca pasó, ya que este no había sido avisado de nuestra existencia. Mientras tanto, el dispuesto y cercano Fando permanecía en paradero desconocido. Afortunadamente, aquello no nos pilló desprevenidos y aceptamos la situación con deportividad cubana, jugando al Tutti Frutti y vaciando a sorbos una botella de ron blanco, esperando a que el problema tuviera la voluntad de solucionarse por sí solo.

Además de su sabor a ron y su olor a tabaco, Cuba tiene un sonido muy característico. En la tierra de Silvio Rodríguez, Benny Moré, Bebo Valdés, Celia Cruz, Pablo Milanés y Orishas, la cuna de la guaracha, la trova, el son y el chachachá, la esclavitud musical es férreamente ejercida por el electro latino, conocido comúnmente como reggaetón. Era indiferente hora y lugar, el oído era engullido sin tregua por un ritmo pegajoso, melodías exuberantes y letras que no invitaban a la reflexión. Tal era el grado de persecución que hasta en sueños me sorprendía a mí mismo tarareando eso de “No eres tú, no eres tú, soy yo” o “Siempre he sido una dama, pero soy una perra en la cama” mientras mis pies hacían movimientos más extraños de lo habitual. A esta situación habían contribuido dos factores: los equipos de música portátiles, que presagiaban la extinción de la tranquilidad en Latinoamérica, y el paquete, un servicio que distribuía de forma clandestina series, películas y un recopilatorio de canciones actuales que condenaba a Cuba a la tiranía del reggaetón comercial. Aunque el proceso de homogeneización se mostraba implacable en el apartado musical, en algunos rincones se ejercía la resistencia empuñando guitarras, percusiones y voces cálidas.
Uno de aquellos bastiones era El Mejunje, un modesto centro social situado en las calles centrales de Santa Clara, cuyo principal objetivo es el de reinventar la cubanía como estilo de vida. Se trataba de un antiguo palacio provisto de un patio central que además de hacer las veces de escenario, pista de baile, pasarela de moda, zona de juegos y lugar de encuentro, protagonizaba también genuinas fiestas para la comunidad gay y espectáculos con drag queens para el presumible disgusto del Che, cuyos restos reposaban a unas cuadras de distancia. Era domingo y sus puertas se abrían especialmente para las personas mayores, quienes acudían a desafiar los límites de sus caderas y a regar la garganta de Havana Club. Acompañados de mojitos y daiquirís, nos acomodamos en la terraza para contemplar la sucesión de movimientos imposibles, rituales de seducción desacomplejados y los rostros iluminados de aquellos ancianos rebosantes de vida. En cierto momento, un negrote de largas rastas y medidas descomunales se acercó a ilustrarnos. “La semana pasada les cambié el danzón por el reggaetón. Brother, ¡quince cinturas se dislocaron!”, comentaba entre risas y aspavientos. Cuando estábamos por irnos, el negrote nos advirtió que por la noche aquello era cuando se ponía bueno, los olores y los sabores humanos se fundirían y la orgía de las orgías se sucedería hasta que aconteciera el fin del mundo. Reconozco que en ese momento envidié con todas mis fuerzas su capacidad innata de concebir el tiempo como un recurso infinito.



Fue en la ciudad de Las Tunas donde comenzamos a dejar atrás nuestro rol de turistas occidentales y aprendimos a vivir cómo se hacía allí. Impaciente por nuestra llegada nos esperaba la señora Ada, nuestra anfitriona, madre de un buen amigo en España. Aunque no había visto antes ni una fotografía suya, apenas di con su rostro sonriente, sus cabellos blanquecinos perfectamente ordenados y sus arrugas entrañables, me dirigí hacia ella y nos fundimos en un abrazo como si nos conociéramos de toda la vida. Junto a Ada, sus nietos Ernesto y Eduardo y la madre de estos, Maryla, compartimos techo, paseos, deliciosas comidas, conversaciones que nunca queríamos terminar y una emoción que nunca dejó de emanar. Enseguida sentimos que aquel hogar era también nuestro, como si nuestra visita fuera un reencuentro ansiado. Ada marcaba el ritmo de la casa con una alegría infatigable, colmándonos de atenciones y brindándonos todo lo que estaba a su alcance. La personalidad y la fuerza que desprendía envolvían cada rincón. Especialmente me enterneció cuando después de una jornada de playa me regó el cuerpo con un bidón de agua dulce, que ella había traído adrede para quitar los restos de sal. “Por fin he cumplido mi sueño: bautizarme a lo cubano”, le confesé. De Ernesto y Eduardo me cautivaron su bondad y su sencillez, la habilidad por hacerse querer, su desmedida pasión por aprender y su carácter polifacético. Lo mismo podían relatar un episodio histórico, dar una clase de medicina o química, cantar y tocar la guitarra, hablar de pelota, repasar las últimas noticias sobre el mercado de fichajes o jugar al fútbol, su pasión.
De hecho, no me pasó desapercibido el especial interés con el que se sigue el mundo del fútbol en Cuba y en particular la liga española. Era raro pasear por las calles y no encontrar a alguien con una camiseta del Barcelona o del Real Madrid. Los partidos de las principales competiciones europeas se retrasmitían por las principales cadenas de televisión y en la radio se escuchaban las últimas noticias. No quise desaprovechar la ocasión y le propuse a Ernesto echar una pachanga que me permitiera testar el nivel futbolístico de la isla. Este, muy predispuesto, consiguió organizar un partido en uno de los campos de hierba de la ciudad. Como cuando era niño, vestí un equipaje completo del Barcelona prestado por Ernesto, así como sus botas de tacos, quedándose él con otras más deterioradas. A pesar de que era primerísima hora, el calor era ya asfixiante y teníamos que parar el partido cada quince minutos a refugiarnos del fuego y luchar por tomar una bocanada de aire. Mientras intentaba buscar el espacio para el desmarque, no podía quitar ojo de la finura de los gemelos de mis compañeros de juego, todos ellos hijos del período especial. Alejados de un estilo físico, los muchachos destacaban por su gran técnica y el gusto por un fútbol estilístico. No guardé el resultado en el recuerdo, solo la satisfacción de aquellos rostros completamente entregados.


Otra de las piezas del puzle es el legado de la Revolución. El movimiento socialista dominaba no sólo la esfera política y administrativa, sino que se mostraba omnipresente en la rutina de todo ciudadano e incluso en el paisaje. De las fachadas de las principales sedes públicas lucían enormes carteles recordando citas de Fidel, Raúl, Che, Camilo o Martí, la bandera del Movimiento 26J ondeaba junto a la cubana en fruterías, carnicerías o peluquerías, mientras que las carreteras se decantaban por vallas revolucionarias en detrimento de carteles informativos que sin duda podrían llegar a ser útiles. La tumba del Che, el cuartel Moncada, Playa Girón o Sierra Maestra eran venerados con un fervor equiparable a la divinidad cristiana, garantes de la fe socialista y el rechazo al imperialismo. Las casas y los edificios residenciales se debatían entre desvanecerse o el último aliento, en contraste con el impoluto estado de las sedes del Partido, Unión de Juventudes, Federación de Mujeres, Comités de Defensa de la Revolución, Central de Trabajadores o las Unidades de Propaganda. El diario Granma, Radio Rebelde y Tele Rebelde estructuraban la sociedad de la información, sobre los cuales se habían construido una admirable unanimidad y un optimismo inquietante sobre la realidad. En cierta forma los envidiaba al ahorrarse esas mesas de expertos zoquetes que inundan nuestras televisiones. Alrededor de estos sectores se entroncaba gran parte de la población, cuya forma de vida se había reducido a defender a la Revolución.

La casualidad nos brindó la oportunidad de permanecer en la provincia natal de Fidel el día en que se celebraba su nacimiento. Ingenuo de mí, esperaba desfiles conmemorativos, fuegos artificiales y proyecciones sobre sus principales hitos que nunca tuvieron lugar. A cambio, topamos con una pequeña parada que vendía por un puñado simbólico de pesos ejemplares de Cien Horas Con Fidel, una sosegada entrevista de más de setecientas páginas a cargo del periodista Ignacio Ramonet. Aquella lectura fue la encargada de amenizar nuestras últimas colas, traslados y otros imprevistos, permitiéndome ahondar en la figura del Comandante en Jefe y la historia revolucionaria. Uno de los logros más destacables, patente en la obra, era la construcción de un relato tan sólido como concorde. No hay lugar a la incertidumbre, no hay controversia posible, sólo existe una historia, sólo impera una palabra, sólo hay un pueblo. Es cierto que el régimen se ha ido desgastando y su severidad decrece por momentos, que la pluralidad está cada vez menos recriminada, pero no parecía que fuera tan siquiera necesario. Sin embargo, un ingrediente fundamental en el soporte del socialismo comenzaba a estar en jaque: el aislamiento. Internet ya no sólo llegaba a las plazas y los parques, sino que empezaba a llegar a las casas; la mayoría de familias tenían a algún miembro en el extranjero que les relatara cómo era el exterior; y, hasta con un poco de pericia y suerte, podían comprobarlo por ellos mismos. Quizá las fronteras, la economía, la cesta de la compra, la ropa, la televisión o incluso la historia se puedan controlar, pero la realidad no hay quien pueda controlarla.

Una vez montado en el avión de regreso, sin retrasos, alborotos e imprevistos, con cierto orden y la seguridad de partir, empecé a echar de menos el calor pegajoso, la paradoja inexplicable y el sabor intenso. Extrañaba su acento rebosante de alegría, su predisposición a echarte una mano, su ejemplo de austeridad y entereza, su resistencia a pesar de los pesares. Nuestro puzle está lejos de completarse. Creo que si lo tuviera que volver a montar, no se parecería en nada a este.


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Estos recuerdos en forma de relato no podrían haber sido posible sin la gente que nos acogió y nos brindó la oportunidad de conocer la cubanía: Yuri, Zulema, Viviana, Marcos, Ada, Ernesto, Eduardo, Maryla, Eric, Edel y su familia, Marelys, Israel, Betty, Homero, Iliana, Arlett… Y por supuesto mis compadres Javi y Wil. Gracias también por su inspiración a Mari y a Havana Club.
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Fotos por cortesía de Marita Acosta.
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17 comentarios:

  1. Guau, qué viaje, amigo! y te digo una cosa,Cuba no es fácil, pero se queda contigo.

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    1. Cuba no es nada fácil, siempre quedará un pedazo con nosotros. Muchas gracias por tu lectura, Ana!

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  2. Hola Rafa, me ha encantado tu post, no me habías comentado de este blog, ni de tus dotes periodísticas y literarias. Es una de las mejores crónicas que leído este año.

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    1. Buenas Maryla, me alegro un montón de que hayas leído el relato. Mil gracias por tus amables palabras y por todo lo que aprendimos y vivimos contigo y tu familia. Muchos besos a todos!

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  3. No hay de qué. todo nuestro cariño para Mary y para ti. Y en verdad, Cuba es única, inigualable e irrepetible.

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  4. Enhorabuena por el post Rafa, repleto de paradojas, como la isla. Despues de dos viajes (uno de ellos llegando por nuestros medios desde La Habana a Santiago) vivimos añorando volver en un futuro no muy lejano, compartir con su gente su modo de vida pausado y alegre. Cuba es asi: o la amas o la odias, pero nunca indiferente!!!!

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    1. Nosotros también tenemos algo incrustado que antes o después nos obligará a regresar. Lo que no sé es si tendrá el grado de autenticidad que tiene ahora.

      Mil gracias por tu lectura! Saludos!

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    1. Muchísimas gracias por tu lectura y comentario. Saludos!

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  6. Hola, Rafa. Maravillado me he quedado por el curro que supone este reportaje. Coincido plenamente contigo, con matices. Hace cuatro años conseguí visitar La Habana por primera vez. Para mí era un viaje soñado desde pequeño porque mi padre era cubano y una de mis hermanas (con la que me encontré allí un día después, porque al ir a embarcarnos no la dejaron subir al avión hasta que al día siguiente pudo coger el vuelo al haber solucionado un problema de visado). La Cuba que me encontré fue un contraste enriquecedor con los cientos de historia que de ese país había escuchado desde pequeño (mi padre conoció muy a fondo la Cuba de Batista, cuando era un inmenso lupanar para los americanos). Tú utilizas una palabra que la explica muy bien: paradoja. Yo quiero destacar otra que a mí me llegó muy hondo: dignidad. Habría muchas más palabras que enmarcar, pero este comentario, que solo quiere ser de felicitación por tu gran trabajo, se haría demasiado extenso. Un abrazo.

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    1. Buenas Alex.

      Muchas gracias por leer, comentar y enriquecernos con tu historia. Estoy totalmente de acuerdo en que la palabra dignidad define muy bien al pueblo cubano. Me quedo con las ganas de escuchar más de tus experiencias!

      Abrazos!

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  7. Excelente narración Rafale!! Muy amena e instructiva!!! Nos enriqueciste con tus apostillas!!! Abrazo enorme!!!

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    1. Buenas Gerardo. Me alegra enormemente que te haya gustado y te haya parecido interesante. Un placer, mil gracias por leer y comentar! Abrazos!

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  8. Ana Bárbara Moraga Martínez22/11/18 14:16

    Hola soy cubana y me llamo Baby. Vivo desde hace un corto tiempo en Uruguay motivo de otra gran paradoja cubana. Encontré tu artículo por casualidad y debo decirte que me ha conmovido tu narrativa hasta lo más profundo. Cuando se está lejos de ese pedazo de tierra en el mar, que vive cada día del "invento", uno siente que algo dentro pecho se desmorona. Y sucede que,síndrome inevitable del isleño, sientes que al llegar a un país nuevo puedes "comerte el mundo" simplemente has sobrevivido allí toda tu vida. Muchos me han preguntado aquí que si en verdad Cuba es todo lo que cuebtan, lo bueno y lo malo. Yo solo logro responder que es eso y mucho más, pero te repito es quizás el síndrome de la maldita circunstancia del agua por todas partes, parafraseando al poeta. Te doy gracias desde mi condición de cubana, de exiliada, de joven que nació con el llamado "Perido Especial " de los años noventa, por no ser otro de los tantos que van a mi país a dejarse seducir por el sexo fácil y barato de las esquinas; gracias por no escribir lapidariamente sino ceñirte a la cruda y dura realidad pero desde el respeto y,me atrevo a decirlo, la admiración. Gracias desde lo profundo de esta cubana que como tantos otros abandonó todo lo que ama en busca de mejores oportunidades para su familia, aún cuando en Cuba era periodista y aquí vendo panes en una panadería. Gracias en fin, por hacerme sentir en los minutos que duró la lectura, nuevamente el calor de las guaguas, el bullicioso silencio de la inconformidad y este sentimiento inmenso de agradecimiento por ser cubana

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    1. Buenas Baby.

      Creo que lo mejor de escribir es llegar a ser capaz de arañar un sentimiento sincero. Gracias enormemente por darme este regalo y compartir tu experiencia. Te mando muchos ánimos y un fuerte abrazo!

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  9. Nosotros sólo pudimos estar 3 días en la habana en el vedado. Pero sueño con volver y recorrer toda la isla ciudad X ciudad. Gracias X el relato me hizo recordar que caminar en sus calles era sentir que el tiempo no pasara.

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    1. Entonces tenéis que volver absolutamente y devorar toda Cuba camarón a camarón, mojito a mojito y almendrón a almendrón. Me alegra que te haya gustado el relato. Mil gracias por tu lectura y comentario. Saludos.

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