10 de diciembre de 2018

La Salvación Milagrosa


Como todos los domingos, acudí a misa con una firme convicción. No voy por tradición, ni por escuchar el sermón, ni mucho menos a flirtear con el resto de feligresas: voy a ganarme mi plaza en el Cielo. No es esta una cuestión baladí, pues se dice que el Paraíso está más que atestado tras siglos de desenfreno y política de puertas abiertas. A esto se le une una flagrante crisis de valores, lo que está convirtiendo la selección en un proceso restrictivo, del cual no se conocen atajos. Como también es de sobra conocido, los poderosos y los acaudalados siguen teniendo su plaza asegurada, entre los cuales no me encuentro. Aun así, siempre he confiado en que mi insistencia pueda ablandar el corazón del Todopoderoso.
Entre bostezos y cabezazos, tras una noche que llegó hasta el amanecer, escuché unas palabras pronunciadas por el cura que me despertaron súbitamente y se quedaron grabadas en mi cerebro: “Los que comparten y aman al prójimo serán los elegidos para ir al Cielo”. No soy una persona que se distinga por amar –aparte de a mí mismo–, ni por hacer ninguna clase de bien a la comunidad –además de obsequiarle mi presencia–. Con esas premisas tenía complicada mi ansiada entrada por las puertas que custodiaba San Pedro, por tanto necesitaba una acción que dejara huella en la humanidad, un milagro. Después de la misa, consulté al párroco qué podía hacer, pero él se centró en la idea de echar unas monedas al cepillo de la parroquia semanalmente y que rezara con fe. ¿Qué clase de insulto a mi inteligencia era ese? Dios ya está pelado de dinero, no necesita más limosnas, ni más meapilas que le adulen. Imperiosamente, precisaba de otro tipo de acciones más eficaces.
Cuando salí de la iglesia, me topé con un grupo de chavales que bebía cartones de vino peleón a pleno sol. Reían sin aparente preocupación, vociferaban expresiones indescifrables que poco tenían que ver con la fe o la divinidad y bailaban melodías estrafalarias. Eran ovejas descarriadas que necesitaban de un pastor que les recondujera por el buen camino. ¿Acaso no podía ser yo su maestro y redentor?, pensé envalentonado.
En pocos minutos me presenté entre la muchedumbre con unas botellas de coca cola y les anuncié a viva voz que Dios había sido misericordioso con ellos. Sus rostros de extrañeza e ira se tornaron en admiración cuando cogí uno de sus vasos de plástico, hecho con una botella de plástico rajada, y mezclé el vino con coca cola. Tras la degustación y aprobación del que parecía el líder, el resto de jóvenes empezaron a mezclar y absorber el brebaje. En ese momento disponían justamente del doble de mejunje del que tenían instantes antes. Poco después, la plaza comenzó a llenarse de más chavales atraídos por la dulce y robusta mezcla. Había obrado el milagro del kalimotxo y los chavales, comenzaron a aclamar con júbilo.

Ahora que ya dispongo de mi billete al Cielo, puedo seguir defraudando tranquilo a Hacienda, lanzar escombros por la ventana y pasearme desnudo en caballo por mi edificio y parques públicos. Tampoco creo que vuelva a la iglesia, pues he encontrado mi propio camino de la fe que me conducirá a la salvación. El Señor esté también con vosotros. Y con vuestro espíritu. Podéis ir en paz. Amén.

4 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Buenas Arima,
      siento decepcionarte, pero solo soy un joven fanático, refugiado entre la vergüenza ajena y la falta de talento. Mil gracias por la lectura y el comentario!

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  2. Es buenisimo!!!! He disfrutado mucho leyendo. Tienes una prosa ágil y amena. Gracias

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    1. Mil gracias por tu lectura y comentario, Ana. Hacemos lo que cocemos, aunque hay veces que se nos pase. Abrazos!

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