2 de agosto de 2014

I.N.R.I.F.

Era una maravilla de la especie humana, un prodigio de la naturaleza, un crisol de bondades físicas y psicológicas, pero todas del revés. De la misma forma que encontrar a una persona que roce la perfección en todas sus facetas es un hito extraordinario y bello, el aunar todas las taras y calamidades habidas y por haber también resulta primoroso y poético.

Quizá influyó en su carácter temeroso el haber disfrutado de los veranos recluido en un oscuro aposento que el hombre del saco rondaba cada noche, quizá. Pudiera ser que sus inseguridades se fortalecieran por las burlas de compañeros y profesores del colegio, pudiera ser. Tal vez su salvaje fragancia corporal se viera afectada por los baños en turbios abrevaderos para ganado, tal vez. Es posible que su cojera, tartamudez, estrabismo, alopecia prematura y joroba; sus alergias, intolerancias y afecciones fueran un cruel regalo de Dios; pero el no haber recibido el más mínimo interés por aliviarlos, sin duda, convirtió a Bartolo en una maravilla monstruosa. Es posible.

De pequeño, sus padres se esforzaron por buscarle un buen porvenir tratando de encasquetarlo al primer postor. Cada mañana lo dejaban en la entrada del pueblo con un cartel colgado al cuello que rezaba “me cambian por un tractor con arado”. Más tarde redujeron sus pretensiones a una hornilla, un marrano, un transistor y un San Pancracio, hasta llegar a ofrecer sus propios huertos por ver feliz a su hijo lo más lejos posible. A pesar de que el chico no suponía un gran gasto –se alimentaba a base de restos de pienso y vestía con retales de sacos de patatas–, la familia estaba empeñada en albergar un burro en la cuadra que hacía las veces de cuchitril para Bartolo.


Cuando el circo llegó al pueblo, el matrimonio vio la gran oportunidad para su hijo. Sobornaron a la mujer barbuda y ésta les dejó pasar a la zona de las bestias. Metieron a Bartolo en la jaula de los tigres hambrientos, pero nada más contemplarlo, éstos se aferraron a las rejas tratando de alejarse del monstruo.

La siguiente tentativa fue la de dar a Bartolo una vida al servicio de Dios en un monasterio de clausura. Concluido el período de prueba, los monjes decidieron rechazarlo debido a su carácter agitador. Al parecer, la mayoría de imágenes se habían dado a la fuga, dejando así desérticas las obras de arte religiosas. Hasta cuatro Cristos se habían descolgado de sus respectivos maderos al olfatear al muchacho.

Tras la negativa del gremio de vagabundos y al ser la esclavitud una práctica controvertida, los padres de Bartolo, desesperados y abatidos, se dieron por vencidos. De esta forma, optaron por aceptarlo y quererlo tal y como era, con sus virtudes y defectos, aunque careciese de las primeras. Después de veinte años, volvieron a abrazarlo y a sentir la caricia de su piel escamosa. En ese momento, la madre sintió un gran alivio. El juanete que la martirizaba durante décadas había desaparecido. El padre gritaba de emoción, sus almorranas se habían volatilizado y notaba una agradable brisa recorrer su ano. Anonadados por el prodigio, pidieron a Bartolo que abrazara al gato, el cual era afónico y no tenía movilidad en sus dos patas traseras. Inesperadamente, el felino entonó una alegre canción mientras bailaba animado un twist levantado sobre sus dos patas traseras.

El rumor de los poderes de Bartolo se extendió por la región y el viejo cortijo de la familia empezó a recibir centenares de visitas que buscaban desesperados un milagro. Todo el mundo se lanzaba a los brazos del engendro, dejando atrás sus enfermedades y penurias. Desde reumas hasta hernias, pasando por incontinencias urinarias, infertilidades o fracturas óseas encontraban su cura. También había hueco para sanar fobias variopintas, olor de pies, calvicies galopantes, el mal de amores e incluso la pereza crónica.

En unos días se formaron colas kilométricas para visitar al chico. En vista del éxito, la familia decidió dar al asunto un tinte lucrativo. Los visitantes inundaban con billetes y joyas el cepillo, compraban enloquecidos estampas con la imagen divina del monstruo, además de camisetas, lapiceros, ceniceros, encendedores, tazas, libretas, llaveros y otros trastos inútiles. El modesto cortijo dio paso a un opulento palacio y los padres de Bartolo tomaron el gusto por ampliar horizontes. Entretanto, el muchacho trabajaba a destajo, aunque por las noches se permitía ciertas licencias, como la de engullir barras y barras de mortadela o la de redimir a rameras de su equivocado camino.

Tras un año de viaje, los padres de Bartolo regresaron a su hogar para recabar un poco más de presupuesto y, secundariamente, comprobar que el negocio –y por ende su hijo– continuara bien. Al llegar encontraron a la gente alterada y enfurecida, tampoco había rastro de Bartolo. Una procesión compuesta por cientos de personas ataviadas con batas blancas discurría hacia el monte. Los padres de Bartolo corrieron hacia la cima entre insultos y zarandeos. En la cima, un par de prostitutas lloraban al lado de la cruz de la que colgaba el cuerpo de Bartolo. En lo alto relucía una placa que rezaba I.N.R.I.F.: Imbécil, Nunca Retes a la Industria Farmacéutica. Los padres de Bartolo exigieron hablar con el responsable. Un tipo, vestido de traje y armado con cabás, se presentó. A continuación de una tensa negociación, firmaron el acuerdo, bajaron de la cruz a Bartolo y una ambulancia lo trasladó urgentemente a un hospital.


Unos meses más tarde, Bartolo regresó a casa radiante: dentadura nueva, implante de pelo, cirugías estéticas y plásticas varías, rinoplastia, aumento de pene y pecho… Por contra, su divinidad se había secado. Restablecido y alegre, con el dinero que sus padres no habían dilapidado aún, montó un negocio familiar honrado, algo con lo que verdaderamente pasar inadvertido: especulación y blanqueo de capitales. Y así, Bartolo se convirtió en uno más, y junto con sus padres fueron por siempre felices.

Segundo Premio del concurso de Verano de Abretelibro.




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Fuentes de Inspiración:

Parca Miseria - Albatross (relato).
La Vida De Brian (película).
Sin Noticias De Gurb - Eduardo Mendoza (libro).
Amanece Que No Es Poco - José Luis Cuerda (película).

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